A los Muchachos de Hoy Les Hace Falta Formación como la de los Boy Scouts

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Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

Yo comencé en los Boy Scouts a inicios de 1964, y estuve prácticamente tres años, hasta alcanzar el grado de Robert Scout.

Lo digo hoy, con la edad que ya me permite mirar los recuerdos como se mira el mar desde un malecón antiguo: uno sabe que el agua es la misma, pero también sabe que las mareas cambian de humor sin pedir permiso.

En aquellos años, la República Dominicana estaba todavía aprendiendo a respirar después de la muerte de Trujillo.

El país era una casa grande con las puertas abiertas, pero con los muebles rotos: se podía caminar, sí, pero cada paso crujía. En ese crujido se formó mi adolescencia.

Fue allí donde el escultismo —el de verdad, el de disciplina y servicio— fue para mí una especie de escuela paralela, una república de muchachos uniformados que intentaban, sin saberlo, reparar el país con nudos, brújulas, primeros auxilios y una promesa que sonaba más seria que cualquier discurso.

Yo no era un héroe. Era un muchacho de Santo Domingo, de San Carlos, con la cabeza llena de curiosidad y los bolsillos llenos de ilusiones que solo acumulan los barrios donde la vida se aprende temprano.

El uniforme era una frontera: al ponérmelo, yo dejaba de ser el niño distraído y entraba en un mundo de reglas.

No reglas para humillar, sino reglas para enderezar el carácter.
El muchacho que aprende a obedecer a tiempo —no por miedo, sino por sentido— aprende después a mandar con justicia.

Ese escultismo que viví no era un invento local improvisado.

Yo llevaba las insignias de las especialidades de los Boy Scouts of America: especialidades ganadas con pruebas concretas, con ejercicios repetidos, con supervisión adulta y con esa meritocracia pequeña que, vista desde lejos, parece una simple tela cosida, pero que en realidad era una educación del alma.

Las insignias no eran adornos: eran conquistas.

La de primeros auxilios no era un dibujo bonito: era saber detener una hemorragia, inmovilizar un brazo, ayudar a un herido antes de preguntar su nombre, prácticas que habían de ser útiles en un país que vivió una guerra civil.

La de campismo no era romanticismo: era aprender a vivir con lo mínimo, a encender fuego sin soberbia, a montar una tienda con la lluvia encima, a comprender que la naturaleza no se negocia: se respeta.

La de cocina era una lección de autosuficiencia: el muchacho que sabe alimentarse puede alimentar a otros;
y el que puede alimentar a otros ya tiene una forma de poder que no depende del dinero.

En junio de 1965, en medio de la tragedia nacional, yo tenía credenciales de voluntario de la Cruz Roja Dominicana. También de la Defensa Civil.

Esos documentos son una bisagra en mi memoria: no se puede hablar de mi adolescencia scout sin hablar de 1965, y no se puede hablar de 1965 sin sentir todavía, en la garganta, el humo de un país que ardía en su propia discusión.

En la guerra civil, la gente se acostumbra rápido a la urgencia: el dolor se vuelve rutina y la sangre se vuelve noticia.

Durante esa tragedia entendí que el servicio no es un concepto: es una respuesta.
Y si uno no responde, la historia lo pasa por encima como pasa un tanque sobre un adoquín.

Ese fue el escultismo que yo viví: una pedagogía del deber, de Dios y de la patria, pero sobre todo del prójimo concreto: el herido, el perdido, el que no tiene.

Más tarde, en 1967, cuando fui promotor social en La Zurza, Cristo Rey y Capotillo, no sentí que estaba empezando algo nuevo: sentí que estaba continuando una línea.

La vocación de servicio no se fabrica con discursos; se entrena con hábitos.

Antes en 1964, como si el Caribe hubiese querido enseñarme temprano que el mundo era más grande que mi calle, estuve una vez en Guajataca, Puerto Rico.

Para un muchacho dominicano de entonces, cruzar el mar para acampar con otros scouts era como entrar a una versión juvenil de la diplomacia: banderas, acentos distintos, reglas comunes, fraternidad sin ideología.
La fogata de Guajataca tenía un rumor distinto: el rumor de las islas cuando se miran entre sí y se reconocen.
Años después, cuando la vida me llevó a la diplomacia, entendí que aquel campamento había sido un ensayo temprano: aprender a convivir, a escuchar, a servir y a liderar sin gritar.

Ahora bien: ¿por qué traigo todo esto a cuento en el año 2026, cuando el mundo parece más ruidoso que nunca?

Porque el escultismo estadounidense —la institución que durante décadas fue sinónimo de carácter— está atrapado hoy en una guerra cultural que revela, como un espejo roto, el estado moral de una potencia.

Leí la noticia como quien lee un parte de guerra: “Scouting America” (el nombre adoptado tras dejar atrás el viejo “Boy Scouts of America”) aceptó alterar políticas para mantener el respaldo del Pentágono.

Se habla de eliminar una insignia llamada “Citizenship in Society”, crear otra de “Military Service”, revisar reglas sobre identidad, desmontar comités de DEI, y reafirmar “Dios y patria”.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, dijo que el Pentágono revisará el cumplimiento en seis meses y que podría cortar el apoyo si no se aplican esas reformas.

En mi memoria, el escultismo no necesitaba ese tipo de amenazas institucionales para recordar su misión.
Su misión estaba escrita, sin tinta, en el comportamiento de los muchachos.
Pero el mundo cambió. Y aquí aparece la palabra que traigo a esta conversación con rabia y con precisión: relativismo.

Siempre ha habido homosexuales, claro que sí. En todas partes y en todos los tiempos.
Lo que ha cambiado no es la existencia de personas, sino la pretensión ideológica de convertir lo íntimo en bandera y la bandera en política pública universal.
Y lo que ha encendido mi indignación —como encendió la de muchos dominicanos— es cuando esa agenda se exporta como si fuera una verdad obligatoria, con funcionarios que llegan a países ajenos a predicar lo que ni siquiera sus propias sociedades han resuelto sin fracturas.

En la República Dominicana, ese choque tuvo un símbolo diplomático: el embajador James “Wally” Brewster, quien fue embajador de Estados Unidos aquí entre 2013 y 2017.
Su figura fue interpretada por muchos como una presión cultural.
No niego su derecho a existir ni su derecho a la dignidad personal: eso es otra cosa.
Lo que discuto es la arrogancia de creer que una sociedad podía ser reeducada desde una embajada.
Esa pretensión fracasó en gran medida porque el país tiene raíces culturales fuertes, y porque la soberanía moral, aunque no se escriba en constituciones, existe.

Estados Unidos entró —en mi opinión— en una etapa de declive moral con los Clinton, cuando la política se hizo espectáculo y el dinero y el estatus se volvieron religión civil.
Yo lo digo con la dureza de quien ha visto muchas estaciones de la historia.
Y lo sostengo sin consignas: yo llevo sesenta de mis setenta y siete años leyendo, estudiando, observando cómo se mueven las élites y cómo se desgasta el lenguaje moral de las naciones.
El relativismo no es tolerancia. El relativismo es la renuncia a la verdad compartida.

Pero no vivimos solo de guerras culturales. Vivimos también de podredumbre, de secretos, de redes invisibles.

En estos mismos días, vuelven a circular con fuerza los archivos y las sombras del caso Jeffrey Epstein.
La prensa estadounidense describe deposiciones, comités congresuales, fotos filtradas, y una sociedad que ya no confía en sus instituciones.
Se reportó que Hillary Clinton declaró ante un comité de supervisión de la Cámara, negando vínculos con Epstein, mientras la política convertía la tragedia en teatro, como si el dolor de las víctimas fuera apenas un combustible más para la pelea partidista.

A la vez, publicaciones especializadas —como JFK Facts— insisten en el “olor a inteligencia” alrededor de Epstein: contactos con figuras vinculadas a la CIA, cenas, aviones, abogados con medallas, y esa sensación recurrente de que el poder siempre tiene una puerta trasera por donde entran y salen los intocables.

Cuando un país pierde su centro moral, pierde también su centro institucional.
Y entonces aparecen las teorías, los rumores, los documentos, los leaks.
No porque la gente se vuelva loca, sino porque la gente deja de creer.

En medio de ese panorama, me acordé de Cuba.

Yo solo una vez en mi vida he estado en Cuba: septiembre de 1985. Conocí a Fidel Castro.
Recuerdo la ridiculez del hotel, aquello de los tickets manoseados para ordenar.
Ahí me di cuenta que el “modelo” cubano era un fracaso.
Un amigo sacerdote cubano me lo había dicho antes, en 1986, con una frase que todavía me duele por lo literal: “la gente se roba entre los mismos vecinos la ropa puesta a secar al sol.”
Eso no es una teoría económica: es el síntoma moral de un sistema que destruyó confianza, y sin confianza no hay comunidad que aguante.

Y si de podredumbre hablamos, también pienso en el narcotráfico, en los cárteles, en esa economía paralela que prospera precisamente donde el Estado se vuelve frágil y la moral pública se compra por temporada.

He conocido dos presidentes de Colombia, uno en ejercicio y otro retirado, y he constatado la lucha que han librado en su país contra ese flagelo.

Pero también recuerdo las anécdotas de un amigo religioso sobre la tolerancia de algunos sacerdotes con los aportes que recibían del dinero de la droga en Colombia.
Esa es otra cara del relativismo: cuando el mal se vuelve financista,
cuando la conciencia se alquila, cuando se justifica lo injustificable.

Y, para rematar esta cadena de épocas, apareció la noticia insólita de la mujer “desaparecida”en Estados Unidos: una madre localizada tras veinticuatro años, con cargos pendientes desde 2001.
El mundo contemporáneo —con toda su tecnología— sigue siendo capaz de perder personas como quien pierde llaves, y luego reencontrarlas por casualidad, como si la vida fuera un archivo extraviado.

He vivido lo suficiente para saber que el siglo no se entiende por una sola noticia, sino por el hilo que une todas: el hilo de la confianza o de su ausencia.
El scout aprende a ser “siempre listo” no para ganar medallas, sino para responder al prójimo.
Una sociedad, en cambio, debe estar “siempre lista” para defender su centro moral: sin relativismo, sin cinismo, sin convertir la dignidad humana en instrumento de poder.

Por eso vuelvo al principio: a 1964, al uniforme, a las insignias del Boy Scouts of America, a Guajataca en Puerto Rico, a la Cruz Roja Dominicana en 1965.
Ese era un mundo duro, sí, pero tenía un eje: el deber.
Y hoy, cuando escucho a las potencias discutir si el escultismo debe “volver a ser lo que era” bajo amenaza de perder apoyo militar, siento que la discusión real no es sobre una organización juvenil: es sobre el alma de Occidente.

Yo no hablo por consigna. Hablo por memoria, por lectura, por estudio, por experiencia.
Y si levanto la voz, es porque, en el fondo, sigo siendo aquel muchacho scout que aprendió que el silencio no es prudencia cuando el deber llama.

Anexo fotográfico (archivo personal)

Fuentes consultadas en la web (para referencia)
Associated Press – Scouting America y Pentágono (27 feb 2026): https://apnews.com/article/14a5fc1521fcd1e51103638f6f504214
CBS News/AP – Cambios de Scouting America (27 feb 2026): https://www.cbsnews.com/news/scouting-america-change-policies-us-military-support-pentagon/
Reuters – Hillary Clinton declara sobre Epstein (26 feb 2026): https://www.reuters.com/world/us/hillary-clinton-faces-epstein-congressional-inquiry-2026-02-26/
Washington Post – Depósito de Hillary Clinton (26 feb 2026): https://www.washingtonpost.com/politics/2026/02/26/hillary-clinton-epstein-deposition/
JFK Facts – Epstein and the CIA (27 feb 2026): https://jfkfacts.substack.com/p/epstein-and-the-cia-two-new-revelations
JFK Facts – Chomsky, Epstein, and JFK (26 feb 2026): https://jfkfacts.substack.com/p/chomsky-epstein-and-jfk
Guardian – Fotos nuevas del archivo Epstein (18 dic 2025): https://www.theguardian.com/us-news/2025/dec/18/jeffrey-epstein-estate-files-photos
Fox News – Michele Hundley Smith encontrada tras 24 años (26 feb 2026): https://www.foxnews.com/us/alleged-criminal-history-missing-mom-found-after-24-years-catches-up-her
Wikipedia – Wally Brewster (consulta biográfica): https://en.wikipedia.org/wiki/Wally_Brewster

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